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EL DOLOR, EL MEJOR ALIADO DE LA SALUD

El cuidado de la vida es la más elemental de las acciones del hombre, porque está relacionada con la supervivencia de la especie. Sin embargo la evidencia nos muestra que no siempre estamos dispuestos a hacer todo lo que está en nuestras manos. Protegerse implica tener información sobre cómo hacerlo, es una acción consciente y premeditada, y además va unida al afecto que se tiene por uno mismo. El dolor, el asunto que más preocupa al hombre, relacionado con su salud, puede ser su aliado para mantener el equilibrio,  sólo si toma conciencia de que su bienestar depende en un 53% de sus propias decisiones y no del Sistema Sanitario.

En cualquier caso, los factores que influyen en la salud son múltiples, y van desde las predisposiciones genéticas hasta los hábitos que elegimos tener diariamente, pasando por los ingresos individuales, el entorno epidemiológico o las condiciones de trabajo. Todo ello sumado a un elemento principal, ‘la percepción del paciente’, sus deseos y motivaciones en el proceso de toma de decisiones sobre su salud. Un hecho que va más allá de la cobertura sanitaria.

‘Ayúdate que yo te ayudaré’, dice el aforismo popular; pero sin la conciencia clara de qué es lo que nos daña, y la autoestima indispensable para tratar nuestro cuerpo con afecto, en lugar de agredirlo con comportamientos que sólo nos causan daño, lo único que queda es quejarse. Machaquemos entonces a la sociedad con este concepto de ‘autoayuda’, porque en caso contrario el ‘descuido’ desatará una crisis como la que nos ha anunciado ya El Grupo de Trabajo Europeo de la Organización Mundial de la Salud, que estima que en 2020 el estrés será la causa principal de muerte, vinculándola en primer lugar a las afecciones cardiovasculares y a las depresiones con su consiguiente riesgo suicida.

La salud y el ánimo
Y es que el dolor del hombre occidental por no saber cómo afrontar los cambios a los que la sociedad en la que vive le obliga a someterse, le cae encima cual apisonadora si no ha aprendido a manejarlos: la revolución tecnológica, el desempleo, no poder hacer frente a la hipoteca, los cambios en la estructura familiar (divorcios, nuevos modelos de familia etc), falta de horizontes, inseguridad, cambio de valores…son circunstancias que desencadenan situaciones estresantes que predisponen a la enfermedad y deterioran la calidad de vida. Frente a esta realidad, qué papel jugamos los agentes de salud, cabría preguntarse.

De un lado, y cara al paciente, divulgar la evidencia de que el estado de salud está profundamente influido por el estado de ánimo (algo tradicionalmente excluido a la hora de hacer el diagnóstico), y trabajar en esa dirección, haciéndole responsable de sus emociones; y de otro informar a las empresas sobre los medios preventivos más eficaces para que el sufrimiento no acabe convirtiéndose en el motivo principal de sus bajas laborales.
Aceptar que el sufrimiento forma parte de la vida en una sociedad tan hedonista como la nuestra, no es tarea fácil, pero sin embargo sí podemos servirnos de él para que nos alerte, cuando llega a nuestra vida, que algo no está funcionando bien en nuestro interior (mente o cuerpo), y que hemos perdido el equilibrio necesario para mantener nuestra calidad de vida. Y es  entonces cuando el dolor causado por la pesada carga del estrés, y todo lo que lleva arrastrando, igual que en cualquier dolencia, se convierte en nuestro mejor aliado. A partir de ahí, sólo queda actuar en consecuencia y abordar nuestro propio cambio de hábitos. Nadie mejor que la luz de alarma del dolor va a velar por nosotros.

La vida humana no podría darse sin el cuidado, y por tanto, si el ser humano no lo recibe desde que nace no podría vivir. Por ello, sin dudar diremos que el cuidado es esencial e inherente a la vida humana. Como fenómeno universal e histórico el cuidado, desde la era primitiva, ha estado presente en sus diferentes niveles de diversidad y complejidad en la cultura de todos los pueblos.

Así como la palabra cuidado convoca significados y respuestas alentadoras, su opuesto, el descuido, nos impulsa a reflexionar sobre la crisis que desata.
El descuido y el desgreño al que estamos asistiendo en los últimos tiempos, y en la medida que se avanza tecnológicamente, amenaza de manera contundente la vida humana, pues parece que produce más pobres y excluidos y una mayor necesidad de practicar el cuidado.

El cuidado de la vida es quizás la acción mínima fundamental de un conglomerado humano. Es algo, no solamente relacionado con la reacción instintiva de protegerse en forma individual o grupal ante un agente externo amenazante sino que se trata de una acción conciente, concertada y premeditada, con hondas bases filosóficas.

La vida humana no podría darse sin el cuidado, y por tanto, si el ser humano no lo recibe desde que nace no podría vivir. Por ello, sin dudar diremos que el cuidado es esencial e inherente a la vida humana. Como fenómeno universal e histórico el cuidado, desde la era primitiva, ha estado presente en sus diferentes niveles de diversidad y complejidad en la cultura de todos los pueblos.

Así como la palabra cuidado convoca significados y respuestas alentadoras, su opuesto, el descuido, nos impulsa a reflexionar sobre la crisis que desata.
El descuido y el desgreño al que estamos asistiendo en los últimos tiempos, y en la medida que se avanza tecnológicamente, amenaza de manera contundente la vida humana, pues parece que produce más pobres y excluidos y una mayor necesidad de practicar el cuidado.

Al contrario de lo que a veces se piensa, abogar por la equidad en salud no puede consistir simplemente en demandas relacionadas con la distribución de la atención sanitaria en particular. Los factores que pueden contribuir a los logros y fracasos en el campo de la salud van mucho más allá de la atención sanitaria e incluyen muchas influencias muy distintas, desde las predisposiciones genéticas, los ingresos individuales, los hábitos alimentarios y los estilos de vida hasta el entorno epidemiológico y las condiciones de trabajo.4 Recientemente, Sir Michael Marmot y otros han sacado a relucir también los importantes efectos de la desigualdad social sobre la salud y la supervivencia (5-8). Para lograr una comprensión adecuada de los logros y posibilidades de salud tenemos que ir mucho más allá de la prestación y distribución de la atención sanitaria. La equidad en salud no se puede entender en términos de distribución de la atención sanitaria.


Se destaca la importancia de tomar en cuenta la percepción del paciente, sus deseos y motivaciones en el proceso de toma de decisiones en salud así como en la evaluación de la calidad de la asistencia sanitaria.

Por otra parte, la vida actual, caracterizada por un aumento en la longevidad, no está necesariamente asociada a mejor calidad de vida. El aumento de la frecuencia y velocidad de los cambios (revolución tecnológica), la inseguridad constante, el exceso de información, el desempleo o el multiempleo, los cambios en la estructura familiar (divorcios, uniones inestables, ambos padres en el mercado laboral), la pérdida de motivaciones, lealtades, valores, señalan los múltiples factores estresantes a que estamos sometidas la mayoría de los seres humanos. Se conoce que el estrés predispone a la enfermedad y deteriora la calidad de vida. El Grupo de Trabajo Europeo de la Organización Mundial de la Salud (Levi, L., 2001) estima para el 2020 que el stress sea la causa principal de muerte, vinculándola en primer lugar a afecciones cardiovasculares y a las depresiones con su consecuente riesgo suicida. Esta situación en que conviven el permanente avance de la ciencia, la enorme producción de bienes, grandes gastos en salud junto a montos elevados de stress y enfermedades asociadas, insatisfacción en gran parte de los usuarios de los servicios de salud, lleva a cuestionarse qué pasa en nuestras sociedades, en general, y en particular qué concepto de salud y definido por quién estamos usando.

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