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Dolor y sufrimiento: cómo hallar el camino de su superación

Todo en la naturaleza es bipolar o, lo que es lo mismo, cada cosa necesita de su contraria para poder existir: sin la inhalación no existe la exhalación y si la noche no transcurre nunca llegaremos a ver el día. Esto, tan aparentemente obvio y elemental, no lo asumimos del todo en nuestras vidas, convirtiéndolo en fuente de sufrimiento. El dolor, una experiencia emocional (subjetiva), y sensorial a la vez (objetiva), que iguala a  todos los hombres por encima de raza y condición social, forma parte de la condición humana, (como su opuesto, el goce y la salud), y sólo aceptándolo hallaremos el camino de su superación. Pero veamos por qué.

Si buscamos respuestas convencionales para hallar las raíces del dolor, el Génesis nos remite al mito de Adán y Eva, y desde entonces dolor y enfermedad se consideran una experiencia negativa, intrínsecos a la existencia humana: “Multiplicaré mucho tu dolor durante el parto. Parirás con dolor pero desearás dar hijos a tu esposo y él te gobernará”. Esta sentencia grabada a sangre y fuego en el corazón de la cultura cristiana, ha sido seguramente la responsable de que durante siglos el intento de aliviar el dolor haya encontrado seria resistencia entre las instancias no sólo religiosas sino también científicas. En 1847 los protestantes consideraron una herejía que James Simpson suministrara cloroformo a la reina Victoria durante el parto de octavo hijo, el príncipe Leopoldo.

Pero mucho antes, en el siglo V, San Agustín ya afirmaba que “todas las enfermedades de los cristianos son atribuidas a los demonios, que atormentan principalmente a los bautizados hace poco tiempo, e incluso a los recién nacidos sin culpa”, así como los nativos de Nueva Guinea creían que los espíritus malignos entraban a través de una herida de flecha para producir dolor. No olvidemos que el término ‘paciente’, en sus orígenes etimológicos significa ‘el que soporta sufrimiento o dolor’ y también se relaciona con ’fraude o trasgresión’.

Pero lo que no deja de ser sorprendente es que pese a los avances revolucionarios, no sólo de la medicina en el campo del tratamiento del dolor, sino de la humanidad, para muchísimos seres humanos el padecimiento sigue estando vinculado a la culpa aquella original de Adán y Eva y a la trasgresión de la norma, motivo por el cual dan por bien empleado el sufrimiento como parte del precio a pagar por la salvación eterna. Esto, considerado por algunos de gran valor terapéutico, ha originado varios estudios con métodos científicos subvencionados por algunos gobiernos para evaluar la eficacia del rezo frente al dolor de pacientes con cáncer, de una fuerte fe cristiana.

Cuando algo nos falta
De hecho las psicoterapias y otras vías de desarrollo espiritual, vinculadas en muchos casos a movimientos espirituales llegados de oriente, surgen en nuestra sociedad como herramientas para superar los trastornos que desequilibran al hombre, y que dan lugar a patologías con su dolor correspondiente. Insatisfechas así de las respuestas que la medicina ortodoxa ofrece para atajar el dolor, cada vez más personas acuden a vías alternativas como la meditación para aliviar su malestar interno. La razón es fácil, tanto la meditación como las psicoterapias operan sobre un mismo campo, la conciencia: esa propiedad del espíritu humano de reconocerse a sí mismo, en su esencia.

Y es a esa dirección a la que apuntan el director del Instituto de Psicología Experimental en Munich, Thorwald Dethlefsen, y el doctor y psicoterapeuta alemán Rüdier Dahlke, en su obra ‘La enfermedad como camino’, cuando dicen que “el cuerpo de una persona viva debe su funcionamiento a dos instancias inmateriales que llamamos conciencia (alma) y vida (espíritu)”, y que la pérdida de la armonía (la enfermedad), se produce en la conciencia -en el plano de la información- y es en el cuerpo donde se manifiesta.

Siguiendo con su hilo argumental, “la enfermedad” –dicen- “es un estado que indica que el individuo en su conciencia ha dejado de estar en armonía, y se manifiesta en el cuerpo en forma de síntoma, informándonos que algo nos falta”. Así pues la curación (y por tanto el cese del dolor) se consigue incorporando lo que falta a través de una expansión de la conciencia.

En esta misma línea, Ken Wilber, uno de los más grandes filósofos occidentales actuales en el estudio de la conciencia, ha elaborado una sólida teoría sobre la transformación de la conciencia humana, articulando psicoterapia y espiritualidad, religión y ciencia. Y aunque en ningún momento sostenga que en alguno de los dos campos se den respuestas definitivas para todos los sufrimientos del ser humano, lo que sí permiten los trabajos de Wilber es comprender que los distintos sufrimientos se generan en distintos niveles de la conciencia y que existen herramientas adecuadas para sanarlos.

Un cuento sufí
Dicho en otras palabras, el Budismo, o cualquier otra tradición espiritual, no da indicaciones que permitan diagnosticar una apendicitis, ni tampoco resuelve una disfunción corporal, pero su práctica, a través de la meditación fundamentalmente, va mostrando el camino para expandir la conciencia, algo que los doctores alemanes ya citados consideran esencial para el cese de la enfermedad y el dolor.

En definitiva, lo que Dethlefsen y Dahlke mantienen es que enfermedad es polaridad, ya que es sinónimo de que algo nos falta, y que curación es superación de la polaridad en tanto que volvemos a estar completos. Su enseñanza, aceptar la bipolaridad de la vida, integrando todos los opuestos porque todos están en nosotros, se resume en su afirmación de que “el mundo sólo puede vencerse asumiéndolo”, igual que “el sufrimiento sólo puede destruirse asumiéndolo, porque el mundo es sufrimiento”.

Mostrarle resistencia al dolor y al sufrimiento cuando se han agotado las vías convencionales para combatirlo, normalmente no hace sino incrementarlo.  Es cuestión de entrenarse en la relajación, con sus distintas técnicas, y no obsesionarse, aunque la más elocuente de las maneras para encontrar el origen de nuestro sufrimiento la describe la enseñanza de Nasrudin, un sabio loco mítico de la tradición Sufí:

Encontrándose a cuatro patas, de noche, cerca de una farola callejera, buscando algo, un amigo que pasó le preguntó qué le ocurría. Nasrudín respondió que buscaba las llaves de su casa. Su amigo se puso a buscar con él y al cabo de dos horas de búsqueda bajo la farola le preguntó dónde las perdió. Nasrudín respondió: “¡Oh, la perdí en un callejón oscuro a tres manzanas de aquí! El amigo, extrañado, le preguntó entonces porqué la estaba buscando tan lejos de donde la perdió, a lo que el sabio respondió: “Aquí hay más luz”.

A veces puede ocurrirnos igual que al sabio sufí, que no buscamos la raíz de nuestro sufrimiento allí donde fueron generados.

A veces nos sucede igual que a Nasrudín: no buscamos las raíces de nuestros sufrimientos allí donde han sido generados, y de esta forma no encontramos una buena manera de resolverlos.

El duelo siempre nos deja huellas. Pero pueden ser positivas. Beethoven se quedaba sordo cuando escribió la 9ª sinfonía. Elaborar un duelo es aprovechar lo bueno y olvidar lo que no ayuda.
Dos psiquiatras, Jorge L. Tizón y Michele G. Sforza, dos países, España e Italia, y una misma realidad: "Antes, la familia y curas y monjas ayudaban a elaborar el duelo. Hoy, apenas los profesionales estamos preparados para ello. Aún no tenemos alternativas". En su libro, Días de duelo (Ed. Alba), dan claves para superar la pérdida

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