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POTENCIA TU SISTEMA INMUNOLOGICO
FRENTE AL CAMBIO DE ESTACIÓN

Hace ya bastantes siglos que se sospecha que el sistema inmunológico puede ser la clave para superar muchas de las peores enfermedades que padecemos. La primera victoria en este ámbito la libró en 1796 Edgard Jenner al descubrir la vacuna contra la viruela. De entonces acá ha llovido mucho y la ciencia ya es capaz de constatar que la dieta equilibrada, el descanso, el ejercicio, un ritmo de vida relajado, la eliminación del tabaco y la moderación en el consumo de alcohol fortalecen nuestras defensas de forma natural. Pero con la llegada del frío y el cambio de estación el cuerpo se resiente, brindémosle pues un regalo aprovechando la despensa que la madre naturaleza nos ofrece y él nos lo agradecerá.
Dolores musculares sin haber hecho ejercicio, rotura de uñas, cabello débil, cansancio no justificado, heridas que tardan en cicatrizar, enfriamientos, pupas en los labios…pueden ser la voz de alerta de que nuestro sistema inmune no se encuentra en su mejor momento. Posiblemente la responsabilidad de esos estados la encontremos en una carencia de las vitaminas A, C, E, y algunas del grupo B, o de bioflavonoides y ácidos grasos, y de oligoelementos como el cobre, el hierro, el zinc y el selenio, ya que los alimentos que los contienen no forman parte de nuestra alimentación.
Sabiendo dónde encontrar estos nutrientes nuestra dieta se convertirá en nuestra mejor aliada contra la enfermedad:

Vitamina A: Fundamental para el desarrollo del sistema óseo, el desarrollo celular, el sistema inmune y el reproductivo, la visión y la prevención de infecciones y del envejecimiento, como antioxidante natural que es al eliminar los radicales libres.
Alimentos que la contienen:
Hígado, mantequilla y nata, huevos y lácteos completos, verduras de color verde oscuro, o de coloración rojo-anaranjado-amarillento como  zanahoria, batata, calabaza, zapallo, aji, espinacas, lechuga, brócoli, coles de Bruselas, tomate, espárragos, y frutas como el damasco, el durazno,  el melón, la papaya, el mango, el melocotón y las cerezas.
Su carencia
La falta de esta vitamina podría ser la causa no sólo de infecciones bacterianas sino de una deficiencia en la agudeza visual, dolencia en las articulaciones, piel áspera y seca, con escamas, pérdida de peso y apetito, alteración en la audición el gusto y el olfato.
Vitamina B
El complejo de la vitamina B está formado por un conjunto de vitaminas que  se asimilan y eliminan rápidamente por la orina, por lo que hay que ingerir diariamente una cantidad mínima. Con ella cuidamos la salud del corazón y las arterias, mantenemos en buenas condiciones el sistema nervioso y la mente, además de fortalecer el sistema inmunológico.
Alimentos que la contienen
Hígado y vísceras en general, carnes de ternera, pollo y cerdo, huevos, y cereales integrales (arroz, trigo, avena…), legumbres (soja, guisantes, lentejas, habichuelas secas, garbanzos…) o las nueces. También en la mantequilla de cacahuete, las setas, la levadura de cerveza y el germen de trigo.
Su carencia
Pueden padecer carencia de esta vitaminas por su menor capacidad para asimilarlas,  personas mayores, enfermos de intestino, adictos al alcohol, fumadores, vegetarianos estrictos, embarazadas y lactantes, enfermos de la tiroides y operados.
Vitamina C
Esta vitamina  contribuye al mantenimiento de las barreras naturales contra las infecciones y  contribuye al mantenimiento de huesos, dientes y vasos sanguíneos y nos defiende de las infecciones. En necesaria para la formación del colágeno, el componente más abundante de piel y huesos, y la cicatrización de las heridas siendo como otras vitaminas un poderoso antioxidante.
Alimentos que la contienen
Sus fuentes son sólo de origen vegetal y la contienen la gran mayoría de verduras  (los pimientos, las coles, la coliflor, las espinacas, los tomates los pimientos y las patatas) y de frutas como plátanos, cítricos, mangos, manzanas, piñas, melón, fresas, kivi, fresas, bayas, caqui o guayabas.
Su carencia
Su deficiencia en el organismo puede ser la causa de inflamación y sangrado de encías, piel áspera y reseca, hematomas espontáneos, sangrado nasal, anemia, dolor e inflamación articular, deficiencia en la cicatrización de heridas y, lo más grave, el escorbuto, principalmente en ancianos y personas desnutridas, manifestándose en anemias, encías inflamadas y hemorragias y un debilitamiento general del organismo.
Vitamina E:
Antioxidante también,  protege contra los efectos del envejecimiento como la pérdida de memoria y la presencia de sustancias tóxicas que penetran el organismo por vía respiratoria o bucal,  como son drogas o radiaciones. Estudios en humanos han demostrado un aumento de la respuesta inmune después de administrar vitamina E, especialmente en enfermedades por virus. Como otros antioxidantes se cree que puede prevenir o retrasar la formación de cataratas.
Ayuda al buen funcionamiento del sistema nervioso, la cicatrización de quemaduras, evita la formación de trombos y por tanto disminuye el riesgo de padecer infarto de miocardio, angina de pecho o embolias,  y previene la aparición de calambres en personas con mala circulación y la anemia.
Alimentos que la contienen
La vitamina E la encontramos en aceites vegetales germinales (soja, cacahuete, arroz, algodón y coco), vegetales de hoja verde, cereales y panes integrales.
Su carencia
¿Quiénes pueden necesitar una dosis mayor de vitamina E? Fundamentalmente tres grupos: celíacos y personas con fibrosis cística, con problemas para absorber grasas o secretar bilis, bebés prematuros con peso inferior a 1500 gramos, e individuos con ciertas anormalidades genéticas. Sus síntomas se manifiestan en irritabilidad, retención de líquidos, alteraciones en la visión, dificultad para mantener el equilibrio, cansancio, apatía, dificultad para concentrarse, alteraciones al caminar, anemia con destrucción de glóbulos rojos y daño en el sistema nervioso.
Flavonoides: Verduras de la familia de la col, verdura de hoja verde, frutas rojas, moradas y cítricos.
Hierro: Hígado, carnes (especialmente la de caballo), pescado, huevo y en menor proporción los lácteos.
Zinc: Su deficiencia se asocia a una mayor susceptibilidad frente a infecciones.
Lo encontramos en carnes, vísceras, pescado, huevos, cereales completos y legumbres.
Selenio: Una carencia de esta sustancia también afecta a la inmunidad, que podemos contrarrestar con el consumo de

 carne, pescado, marisco, cereales, huevos, frutas y verduras.

Cobre: Antiinflamatorio y antiinfeccioso, el cobre está presente en hígado, pescado, marisco, cereales completos y vegetales verdes.
Acidos grasos: Su fuente son los aceites de semillas (girasol, maíz, soja...), el germen de trigo y los frutos secos oleaginosos.



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