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LA CARICIA: POR QUÉ ES IMPRESCINDIBLE PARA VIVIR CON PLENITUD

¿Habías oído decir que el contacto corporal desde el nacimiento es tan vital como el oxígeno para sobrevivir? Es cierto, y de hecho las personas que no han recibido caricias y afecto de pequeñas presentan serias dificultades en su madurez para manifestar su amor por los demás siendo cariñosas, con todos los problemas que ello puede acarrear. La caricia, algo que en primera instancia suele asociarse al sexo, va mucho más allá, hasta el punto que su carencia condicionará el desarrollo psíquico posterior. Cuidado pues con los mensajes prohibitivos que damos a los niños,  ‘no toques’, ‘no te toques’, que reprimen su impulso natural a conocerse a sí mismos y a los demás, porque la ‘necesidad de piel’ puede convertirse luego en miedo, pecado, vergüenza o agresión.

El ejemplo de los monos recién nacidos con quienes se experimentó en laboratorio en este sentido, es todo un clásico de la psicología y la pedagogía, para demostrar la importancia de la caricia y el contacto corporal entre los seres vivos: la prueba consistió en alimentar a uno con biberón forrado de alambre, y a otro de tela, comprobándose que el primero desarrolló comportamientos agresivos. Un tercero al que se le privó de ‘mamá’ murió antes que los demás. Y en los seres humanos, la evidencia de la necesidad de ser acariciados, tocados, abrazados, quedó patente tras las investigaciones de Rene Spitz a comienzos del siglo XX en orfanatos ingleses, a raíz del escandaloso número de muertes de bebés antes de cumplir el año de edad. Uno de cada tres moría por carecer del ‘alimento táctil’, porque si bien todos estaban bien cuidados en cuento a higiene, calor y alimentación, les faltaba lo que una enfermera  a cargo de 10 criaturas no les podía dar como lo hace el entorno familiar.

Y es que la caricia, además de ser una forma de comunicación primaria que aporta seguridad y bienestar, durante el primer año de vida, sirve para enviar señales que estimulan el cerebro, activan respuestas de crecimiento y garantizan un desarrollo saludable. Una caricia revitaliza y se nos devuelve en forma de energía como un boomerang, transmite ternura y afecto, considerándose un sostenedor de vida, tanto para quien la recibe como para quien la da. Y  como este flujo de la energía vital es parecido a la pulsación rítmica de la respiración, en los contactos donde se intercambian reconocimientos, hacia el exterior hay expansión hacia el otro, expresión de uno mismo y descarga de energía, y si se dirige al interior (como en el sexo tántrico), el organismo se carga y esta se acumula.
               
Se trataría, pues, como se viene haciendo en los ‘talleres de caricias’ de trabajar con el cuerpo, escucharlo y recuperar la capacidad de sentir para dar mayor atención a los sentidos y tener una conciencia más precisa del tipo, del estilo   y la intensidad del reconocimiento dado y recibido en la caricia. Una experiencia que puede trabajarse en pareja, redescubriendo el cuerpo, ayudados por la relajación y el masaje, como un elemento en el que pueden fundirse componentes terapéuticos y eróticos si se practica en la intimidad. Porque la caricia tiene dos componentes, el afectivo y el cognitivo (que incluye pensamiento y voluntad), algo que más allá de lo que puede sonar a lenguaje académico nos aclara si lo que estamos recibiendo se parece en el terreno de lo sexual al modelo de la calle, reducido generalmente a la genitalidad y la penetración, o por el contrario estamos siendo protagonistas de una vivencia satisfactoria.

Más allá del ‘preliminar’
Pero no es de extrañar que estos comportamientos proliferen cada vez más, no sólo por lo que se nos vende de forma cotidiana en televisión fundamentalmente, publicidad e Internet, que hacen que estas nuevas formas de relacionarse nos resulten modelos a imitar, sino porque como se dice desde la Sociedad de Sexología Al-Garaia, apenas se abandona la infancia, y con la educación prohibitiva en la que se forma, empiezan a albergarse fuertes sentimientos de culpa y de vergüenza en torno al cuerpo, que truecan la represión por llamadas de atención en forma de peleas, lucha corporal o ganas de fastidiar, paradójicamente en una búsqueda de ese contacto que ha sido negado a lo largo del crecimiento.

En definitiva, lo que acaba construyéndose es el ‘adulto carencial’, afectiva y corporalmente, ya que no es sólo la niñez la que necesita de la caricia sino todas las etapas de la vida, y esto desencadena hábitos de conducta posteriores con la pareja en el terreno sexual que se ciñen tras una primera aproximación imprescindible de cercanía, de ‘preliminar’, a la mera penetración o, como mucho, a un encuentro ceñido a la puramente genital.

La caricia, en toda la extensión del término, no sólo nos transmite placer y energía como la descrita líneas arriba sino que nos adentra en un territorio de referentes poéticos sugerentes  que podemos trasladar a la vida real, si somos capaces de sustraernos de la rutina de la gran ciudad. ¿Por qué no dejarse acariciar por los rayos del sol, el viento, el agua de la lluvia, la brisa marina, el gorgoteo de una paloma urbana, el frío o el calor? Por qué no abrazar a los amigos, a quienes queremos, con más frecuencia, liberándonos de prejuicios y perdiendo el miedo al qué dirán, como practican los componentes de  la  web  abrazosgratis.org. Nuestra piel está cargada, milímetro a milímetro, de receptores nerviosos preparados para hacernos sentir un sinfín de sensaciones con el único requisito de que estemos dispuestos a ‘escucharlas’.

Lo único que tenemos que hacer es tomar conciencia de que las zonas genitales no son las únicas que pueden proporcionarnos placer. Es más, desde ese planteamiento lo único que hacemos es privarnos de un sinfín de sensaciones que están esperándonos, y que empiezan por la cabeza y acaban por los pies. Una piel que se toca se vuelve más receptiva y sensible, igual que le ocurre a un espíritu arisco, que al ser acariciado mediante el afecto acaba aflojando su tensión, que no es sino miedo a ser descubierto en su fragilidad.

En el ámbito de la sexualidad, para las mujeres, la caricia, preámbulo del acto sexual, es más importante que el coito, y una forma más de sentirse no sólo deseada sino fundamentalmente querida y satisfecha, aunque muchos varones ansiosos e inseguros lo creerá una pérdida de tiempo. Pero siempre estamos a tiempo de aprender: el primer paso, tomar conciencia de dónde nos encontramos en este terreno, cambiar de actitud y practicar.

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