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Paciencia y una gran dosis de amor

Las claves imprescindibles para el cuidado de los mayores

Según datos del IMSERSO, el porcentaje estimado de personas mayores de 65 años que necesita una ayuda para realizar parte de sus actividades diarias está entre un 10 y un 15%, labor que las familias asumen en un 72%. Esta realidad, cada vez más presente en nuestra sociedad por el envejecimiento creciente de la población, nos hace preguntarnos si verdaderamente estamos preparados para este cometido, y cuáles son las herramientas con las que contamos para tratar con la mayor dignidad posible un asunto de suma importancia: acompañar en el último tramo de la existencia a quienes nos dieron la vida, minimizando el impacto que una dependencia provoca siempre en el seno de la familia. Las palabras clave son bastante obvias: mucha paciencia, y una gran dosis de amor.

Quien ha tenido la experiencia lo sabe, el cuidado de un ser querido que ha entrado en el último tramo de la vida sumando al deterioro inherente de los años una enfermedad crónica, no es tarea fácil. Envejecimiento y enfermedad unidos hace que se potencien las dolencias y el riesgo de que aparezca la incapacidad aumenta, convirtiendo la prevención en algo imprescindible para allanar el camino. Por eso, y para que la dependencia -esa circunstancia vital que hace que las limitaciones para realizar las actividades básicas del cotidiano requieran de la ayuda de los otros- se suavice, deberemos entrenarnos como un corredor de fondo con todas las armas físicas y psicológicas que sean posibles.

Porque aunque muchas familias no sean conscientes, a la enfermedad hay que agregarle ciertos aspectos psicológicos y socio ambientales (que también hacen su mella en el cuidador), y que en muchos casos provocan que la persona dependiente actúe por debajo de su capacidad real. Seguramente la solución a las siguientes cuestiones podrían aliviar las tensiones frente a esta situación:

· ¿Vive el anciano en un entorno adecuado para desarrollar sus actividades diarias?
· ¿Se siente seguro a la hora de moverse dentro de su hábitat? (escalones, bañera…)
· ¿Tiene facilidad para acceder a objetos de uso cotidiano como la ropa, su armario…?
· ¿Se considera su opinión en los casos en que esta no interfiera su cuidado personal?
· ¿Sabemos qué puede hacer por sí mismo o lo sobreprotegemos y lo damos por inútil total?
· ¿Si pide ayuda le damos sólo la necesaria, o preferimos hacerlo nosotros para acabar antes?
· ¿Le animamos, en caso de que pueda, a hacer actividades de ocio como leer, pasear…?
· ¿Le prestamos atención o elogiamos su esfuerzo cuando tiene comportamientos autónomos?
· ¿Mantenemos sus rutinas para que se prepare psicológicamente cara a la actividad?
· ¿Le regañamos constantemente cuando no hace las cosas como queremos?
· ¿Respetamos su intimidad, sobre todo en cuestiones de higiene, para preservar su pudor?

Tres maneras de enfermar

Por obvio que parezca, muchas veces, por la propia tensión en la que vive el cuidador, desbordado por las circunstancias, el anciano es tratado como un niño, en el sentido de considerar poco o nada su criterio sobre lo que a él le afecta, bien por sobreprotegerlo, bien porque nuestra paciencia ha llegado al límite y preferimos hacerlo nosotros todo y acabar antes con lo que tenemos entre manos. Esa regresión a la infancia que en muchos casos de produce, bien podríamos utilizarla en el mejor de los sentidos, dándole ciertas pautas para vestirse o comer: “primero introduce un pie en el pernil del pantalón, luego…”o “yo te corto la comida y tú te la llevas a la boca”, incentivando cada esfuerzo como se hace con los críos.

En el proceso de la enfermedad, no son sólo las aptitudes las que van desapareciendo progresivamente o de golpe y porrazo sino, sobre todo, la actitud necesaria para afrontar la nueva situación y, fundamentalmente, la autoestima. En cualquier caso, no todas las personas reaccionan de igual manera, aunque las formas más comunes son: querer curarse, no querer, y seguir siendo enfermos para poder manipular a su entorno familiar. Los primeros forman el grupo más común y suelen ser personas colaboradoras, siempre y cuando se les trate bien; los segundos pueden estar sumidos en una depresión, sintiéndose una carga familiar; los últimos suelen reaccionar así como una forma de llamar la atención del entorno en el que viven, frente a la falta de afecto o de cariño. En todos los casos la única medicina efectiva es precisamente el cariño y el amor de la familia.

La mejor forma de mostrarnos cercanos a un anciano de estas características:

· Escucharle e intentar comprenderle poniéndose en su lugar
· No gritarle, una situación que suele darse en muchos casos y que humilla a la persona.
· No criticarla, pero sí hablar con ella y establecer contacto físico, cogiéndole la mano.
· Tener una actitud realista de la enfermedad pero positiva. Tan malo es el optimismo como el pesimismo.
· Echar grandes dosis de paciencia, porque en una edad avanzada la recuperación necesita más tiempo que en cualquier otra edad.

Alarmas para el  cuidador

Y de la misma forma que aprender los rudimentos básicos del cuidado a una persona dependiente son de vital importancia para una evolución sea satisfactoria, el cuidador debe protegerse para poder enfrentar el impacto que esta situación familiar provoca en su vida. Muchos de los cuidadores terminan dejando de lado sus necesidades en beneficio de sus familiares. Atención por tanto a las señales que delatan agotamiento y estrés (que por otro lado en nada benefician al enfermo), y que se pueden manifestar en forma de:

· Aislamiento.
· Sensación de cansancio continuo, agotamiento, pérdida de energía.
· Problemas con el sueño (interrupción de sueño nocturno, dormir demasiado o demasiado poco).
· Consumo excesivo de tabaco, café, alcohol o medicamentos para dormir.
· Palpitaciones, temblores o molestias digestivas.
· Dificultad para concentrarse o problemas de memoria.
· Disminución del interés por lo que antes era importante, ya sean actividades o personas del entorno.
· Obsesiones por actividades rutinarias como cocinar o limpiar en exceso.
· Cambios de humor, enfadarse con frecuencia.
· Tendencia a la depresión.
· Tratar al entorno familiar de forma arisca.
· Tendencia a la negatividad.
· Propensión a sufrir accidentes.
· Discutir frecuentemente
· Dar excesiva importancia a los pequeños detalles.

Un fabuloso aprendizaje vital

Poner límites a estas situaciones de estrés es indispensable pidiendo ayuda al entorno familiar, que muchas veces descarga esa responsabilidad moral compartida en la persona que asumió el rol de cuidador, quien a veces responde al perfil de quien no sabe decir “no”.

La atención y cuidado de un ser querido, siendo difícil y muchas veces complicado por las circunstancias familiares en las que se ve envuelto, se ven rodeados en no pocos casos de sentimientos ambivalentes de gratificación y de frustración al mismo tiempo. Gratificación no sólo por sentirnos útiles para quien nos necesita sino por la ternura que puede llegar a despertar un ser desvalido comparable en muchos casos a un niño indefenso; frustración porque la invalidez y la enfermedad no podemos manejarla a nuestro antojo y a veces la presión familiar nos sobrepasa.

En última instancia habría que decir que el contacto con alguien, en muchos casos cercano a abandonar esta vida, nos permite un fabuloso aprendizaje vital: amigarnos con nuestro propio deterioro y con la muerte, la única certeza de la que no podemos escapar, aunque siempre estemos tratando de ignorarla.

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